28
May
06

viena, viena

Viena
Viena

(1986)

Por David Ponce
(texto de carátula para reedición en CD)


U
na batería exacta y marcada. Cuatro notas en el bajo. Un solo acorde de guitarra disparado en el momento preciso. Ése, simple y concentrado, fue el sonido que irrumpió en las radios chilenas que tocaban música pop en 1986, cuando Viena puso a sonar su “Salón de emociones”, con la modulación de un cantante que, como además decía con claridad otra de estas canciones, venía de otro planeta.

Viena venía al menos vestido, peinado y maquillado de otro planeta. Para entonces nadie como Claudio Millán (voz y teclados), Pedro Frugone (guitarra), Archie Frugone (bajo) y Francisco Koch (batería) se había aproximado con verdadera decisión al aspecto de grupos de la facción más sofisticada (por artificiosa más que por “moderna”) de la nueva ola pop inglesa, conocida como new romantic por nombres como Duran Duran, Kaja Goo Goo, A Flock of Seagulls o, por acá, Soda Stereo, embajadores argentinos de la tendencia.

«La imagen era fundamental desde el comienzo. Pero nada era diseñado. Todo era de busquilla de cada uno. Éramos los clientes número uno de la ropa usada, norteamericana o europea que venía», recuerda Millán, a propósito de una pintas que hasta sirvieron para escandalizar en el programa “Martes 13” de la época. «Seguíamos esa actitud de David Bowie de querer alejarse un poco del público. Con maquillaje y ropa escénica haces más inalcanzable, más mágico, lo que estás viendo allá adelante».

Y el sonido también era distinto. Ya era popular el ska callejero de los primeros Prisioneros, ya eran familiares el tecnopop hecho a mano de Aparato Raro, la new wave de barrio de Banda 69, y otras recetas probadas por Cinema o Engrupo en la época de los pantalones amasados y el llamado “rock latino”. Pero el pop chileno de los ’80 nunca sonó tan estilizado como en poder de Viena, bajo el influjo de Bryan Ferry, David Bowie, Japan, The Cure, The Fixx o Talk Talk, e incluidos los cuatro éxitos seguidos de su primer disco: “Salón de emociones”, “Niña engreída”, “Enciende tu corazón” y “Planeta Tierra”.

«Por su musicalidad, por cómo tocaban, porque estaban muy abiertos también a un montón de cosas, creo que uno de los trabajos más fluidos, potentes y jugados de la época fue con Viena. Fue un trabajo muy cooperativo. Todos tenían gran personalidad. Todos eran potentes», recuerda el ingeniero Hernán Rojas, productor del disco. El grupo se había formado en el verano de 1986, al regreso de Claudio Millán de una temporada en Argentina. Tras un aventurero debut en vivo en Calama junto a Pepe Aranda y los Rockmánticos (banda en la que Millán también tocaba), recorrieron sitios de Santiago como El Jardín, La Nona Jazz y diversos festivales de colegio. Viena apareció hacia fines de 1986, según el recuerdo del cantante.

Una de las primeras canciones del disco es “Niña engreída”, inspirada en Peter Gabriel, y originalmente dedicada a una “Rubia teñida” antes de que Millán cambiara la letra. Los redobles de alta precisión e imaginación de Francisco Koch se suceden en “Salón de emociones” y “Enciende tu corazón”. Más sabor hay en la contagiosa “No es un pasatiempo”, que, subtitulada “funky” y armada entre bajo y batería por Archie Frugone y Koch, se inscribe en un sonido que por entonces cruzaba desde Silvio Paredes (bajista de Electrodomésticos) a Luciano Rojas (bajista de la Banda del Pequeño Vicio), funky y percutido. “Verde sobre gris” se oye ambiental y sugerente en la guitarra de Pedro Frugone, y el lado futurista de Viena está en “Planeta Tierra”, “Mañana viviremos en la luna” y “El computador”, donde Claudio Millán anuncia “Voy a comprar un computador / para ordenar mis citas con las chicas“. En una época en la que con suerte recuerda haber tenido un Atari.

Pirincho Cárcamo explicó una vez en su programa en radio Galaxia el supuesto origen del nombre de Viena: todos quienes oían al grupo exclamaban “Bien, ¿ah?”, de acuerdo con esa versión. Hoy, con el tiempo, Claudio Millán puede decir que ése fue un mero invento que echó a correr en la época. La explicación, dice, es otra.

«Conseguimos un piano que habíamos puesto en la sala de ensayo en la casa de los Frugone. Y este piano estaba hecho en Viena. Entonces yo practicaba y me quedaba mirando el nombre», recuerda. «Cuando me lo imaginé lo primero que se me vino a la cabeza fue un grupo de música selecta, con violines, cellos, y me gustó porque rompía el esquema. Todas las bandas chilenas tenían nombres bajo el mismo concepto de fantasía: Aterrizaje Forzoso, Valija Diplomática, Cinema. Y me gustó Viena porque no tenía nada que ver».

Septiembre de 2006.
David Ponce | www.musicapopular.cl

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